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Nov
06

Memoria histórica

Estómagos sensibles, prepárense, porque hoy me he puesto punki.

Mañana se cumplen 31 años de la muerte de Francisco Franco, y setenta del fusilamiento de José Antonio Primo de Rivera. Sólo el hecho de que me tenga que levantar temprano me librará de ver el recorrido anual de banderas gallináceas y camisas azules por la carretera de la Coruña, rumbo a la tumba que la parejita comparte a escasos diez kilómetros de mi casa. Y visto lo visto, mañana el ABC y El Mundo llevarán sendas esquelas de la Fundación Francisco Franco conmemorando la efeméride. La guerra de las esquelas, podríamos llamarla: por un lado, los que tuvieron abuelos, padres o hermanos que acabaron en las tapias de la Almudena o en las cunetas de media España, en las páginas de El País; por el otro lado, resucitada la frase “víctima de los padecimientos sufridos durante la barbarie roja”, en las páginas de la prensa de derechas. Por las paredes de la capital, esquelas que invitan a recordar a los Mártires de Paracuellos, víctimas del “genocidio socialista”.

La Ley de la Memoria Histórica está dotada de una intención loable. Gente que tuvo que tragar quina durante cincuenta años podrá desenterrar a sus muertos y darles la dignidad que se merecen. La misma dignidad para los que perdieron la guerra que para los que la ganaron; todos eran españoles, todos tenían una causa que creían digna y todos se merecen el perdón que da la muerte.

Sin embargo, hay gente que confunde la justicia con la venganza, y parece que lo que se está haciendo es una sencilla sustitución. En lugar de las placas de granito con el yugo y las flechas frente a las iglesias listando a los caídos por Dios y por España, las placas de granito frente a las casas de la cultura o los ayuntamientos listando a los muertos defendiendo a la República. En la Plaza de San Juan de la Cruz, quitando la estatua de Franco y poniendo, en una esquina, otra de Indalecio Prieto.

Amigos míos con un criterio rectísimo del que casi nunca dudo aplauden éstas medidas. Comparan tener estatuas de Franco con tener estatuas de Hitler en Alemania o de Stalin en Rusia. Siento decir que no es lo mismo. El nazismo terminó en 1945. El comunismo en 1991. Y ahora mis amigos se indignarán conmigo cuándo diga en voz bien alta: a diferencia de Alemania o Rusia, en España el franquismo no ha terminado. Acepto las críticas, pero pido que antes se escuche mi argumentación.

La Transición Española se resume en que el sistema franquista deja entrar a todo el mundo. Hasta 1978, sólo podía participar en la vida política española aquél que fuera limpio de sangre: ni rojo, ni progre, ni separatista. A cambio de dejarnos pasar, nos pidieron sólo una cosa: que jamás cuestionásemos el testamento de Franco. Y nosotros aceptamos. Olvidamos la revolución. Carrillo hizo arriar la bicolor en la calle de Peligros. El heredero de Franco, designado por Franco y alabado por Franco desayuna cada mañana en el palacio de la Zarzuela. Gente que había levantado el brazo durante años y años son ahora insignes demócratas. Monedas con la inscripción “Francisco Franco Caudillo de España por la Gracia de Dios” fueron de curso legal hasta mediados de los 90, y sólo se retiraron porque costaban más de lo que valían. Alcaldes designados por el Caudillo durante los años 60 son reelegidos cada cuatro años. Y así, ejemplo tras ejemplo, día tras día, el franquismo sigue vivo y coleando, con nuestra connivencia.

Y ese es el pecado y la maldición que la izquierda española lleva encima como una losa. Nos hemos vendido. Pero no fue por mala intención, en absoluto. Nos vendimos porque así los españoles no se volverían a matar entre ellos por política. Nos vendimos porque sólo así España podía convertirse en un país moderno y europeo. El franquismo nos necesitaba a nosotros para salir del agujero político en el que estaba, y poner a España a la par con las naciones de nuestro entorno. Nosotros ansiábamos ver si desde dentro podíamos acabar con Franco, porque desde fuera no lo habíamos conseguido. Nos unimos por necesidad, no por gusto.

El precio que pagamos fue no asumir a éste país como nuestro. El patriotismo es tabú en la izquierda española. Llevar la bandera española es inmediatamente señal de derechismo. Los símbolos de la tan cacareada España de todos son monopolio del franquismo aún existente. Y por mucho que presumamos todos de cosmopolitismo, la fuerza del nacionalismo es tan fuerte que las izquierdas españolas abrazan cualquier símbolo nacional que pueda sustituir al vergonzante nacionalismo español, sea ese símbolo catalán, vasco o de Bollullos par del Condado.

Si el franquismo fue una prolongación de la guerra y la Transición una prolongación del franquismo llegamos a la terrible conclusión de que la guerra no terminó en abril de 1939. La guerra sigue aquí. Está en las estatuas, está en las cunetas, está en las esquelas, está en que los libros de historia de España desde 1936 los escriben ingleses porque los españoles no son capaces. La guerra sigue viva y la queremos ganar quitando y poniendo estatuas, en la dinámica infernal que prolonga a diario aquél 17 de julio en Tetuán.

Y sólo saldremos de la guerra más larga de Europa cuándo nos demos cuenta de aquí no va a ganar nadie. Que no hay fachas o rojos; hay españoles. Y cuándo tengamos el valor de empezar desde cero y no dejar fuera ni una idea, ni una persona, ni una posibilidad. Salgamos de la cueva, cojones. Que ya van setenta años.

Seguiremos informando.

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2 Responses to “Memoria histórica”


  1. 21 noviembre 2006 en 10:31

    Thiago, te leo y estoy de acuerdo contigo en que el franquismo sigue presente entre nosotros, no hay más que poner Telemadrid (en especial el telenoticias del señor del pelo blanco, que parece un instructor de Falange) para corroborar esto que te digo… pero no sólo entre la derecha (lo cual es lógico y cada vez se ve más acentuado por un cierto victimismo por el resultado de la transición y la derrota electoral de 2004), sino también entre las izquierdas (cuyo discurso, lejos de proponer la redención del proletariado y reivindicaciones de corte social, habiendo asumido el liberalismo como dogma de fe, a veces nos sorprende con desbarradas tipo ley de la memoria histórica a destiempo). Creo que si sigue vigente el franquismo es porque aún es un producto comercial que sigue vendiendo y mucho entre determinados colectivos (a izquierda y derecha). En otros países lo llaman “vintage”. La gran suerte (o desgracia) es que los programas educativos han ignorado esta parte de la historia de nuestro país y las nuevas generaciones (no me refiero al grupo de catequesis del PP), desconocen quien es ese señor llamado Franco y qué hizo en su vida. Quizás ese desconocimiento de la historia puede ser lo que lleve a éste país a dejar de pensar bajo la óptica del nacionalcatolicismo y entrar por fin en la modernidad (y a las izquierdas no les de complejo decir España, ni llevar la banderita…). Es triste, pero en este santo país, las cosas son así. Lo grandes avances no surgen del debate, sino de la equivocación, la improvisación o el olvido

    Salud!!!

  2. 20 noviembre 2007 en 7:49

    Está visto que la sociedad está infestada de rojos, chorizos y maricones. La guerra de liberación en España la venció el Movimiento Nacional de Franco. Y ya está. Y los vencidos fueron consentidos y muchos perdonados, a condición de no volver a las andas.Osea asesinatos, trifulcas, desórdenas, vejamenes (lease la acción de la extrema izquierda en Cataluña, Pais Vasco y Madrid. No son la izquierda. Simplemente arribistas de escaso talento.
    La guerra que perdió el Caudillo fué en 1945 o si prefieren con el estallido de las asesinaS bombas atómicas. La judeo masonería cumplió su papel. Y el mmundo así sigue. El nuevo invento, la democracia para que se forren una minoría y lel resto se pudrao muera por causas naturalesd. Vér si no a quienes afectan los huracanes, terremotos, accion volcanica, etc.
    Vamos a hablar claro. Cuando surge un persdonaje en la Historia que se propone liderar unas ideas salvadoras, van y se lo cargan. Y así estamos.


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